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Antibióticos

Todo el mundo está de acuerdo en que los antibióticos se usan en exceso; sin embargo todo el mundo abusa de ellos. Las razones de esa dependencia son sicológicas: los médicos necesitan ganarse la confianza de sus pacientes y para ello les recetan algo, además de que tienen en cuenta la probabilidad de un pleito, por remota que sea. Y, por supuesto, está también el factor de la pereza. Es más fácil sacar el recetario que pasarse quince minutos dando una explicación médica.

Siempre exhorto a los padres a informarse bien de la enfermedad de los hijos y de los tratamientos disponibles antes de recurrir automáticamente a un antibiótico, que no surtirá ningún efecto si no es necesario. Me he dado cuenta de que la mayoría de la gente evita un tratamiento innecesario si entienden las razones que existen para esperar. Preguntas tales como “¿hay alguna probabilidad de que la enfermedad se cure sola?” deberían ser parte normal de la consulta médica. Si el médico es abierto a ese tipo de diálogo, se evitarán los efectos secundarios de los antibióticos, por ejemplo, infecciones vaginales y reacciones alérgicas. Por cierto, si su médico no tiene esa actitud, le aconsejo buscar otro que sí la tenga.

El uso excesivo de los antibióticos es una cuestión económica, pues sirve para enriquecer a las empresas farmacéuticas, pero también es un serio problema médico. Los microbios que sobreviven a la primera ronda de antibióticos se vuelven resistentes y más difíciles de erradicar, constituyendo un peligro más grave para la población.

¿Cuáles son los casos más típicos en que se recetan erróneamente los antibióticos? En primer lugar, el resfriado común. Los antibióticos no surten efecto sobre el resfriado, aunque haya presencia de una secreción nasal prolongada (la cual no significa automáticamente que se trata de sinusitis). Lo mismo se aplica al gripe, a menos que se presenten complicaciones. Además, ya no deberían recetarse antibióticos con frecuencia para tratar infecciones de oído ni una tos prolongada.

Analícelo de esta manera: cuando uno necesita un antibiótico de verdad, quiere que surta efecto. Por lo tanto, ¿para qué desperdiciar su eficacia tomándolos en exceso?